Entendemos la prevención en 10 ejes:
En positivo: hacer prevención no es sólo prohibir, castigar o decir que no, es sobretodo decir que sí a pasárselo bien de forma sana, a conocerse y quererse a uno mismo, a decidir responsablemente, a buscar alternativas a los problemas,...
Reflexión: Para que un joven afronte con éxito situaciones de riesgo necesita tener un criterio propio a partir del cual pueda decidir libremente. Lo conseguimos haciéndole pensar, ayudándole a desarrollar sus argumentos y pidiéndole que exprese su opinión.
Participación y diálogo: Partimos de sus inquietudes, preguntas, dudas y curiosidad. Por eso es importante crear un espacio donde se pueda participar, dialogar, debatir y llegar a conclusiones nuevas. Además, cuanto más implicados y identificados se sientan con el tema, más eficaz será la prevención.
Realista: Sólo partiendo de la realidad podemos desmontar mitos, cuestionar creencias y construir una respuesta positiva a lo que seguramente tarde o temprano se encontrarán. Sólo desde aquí es posible el cambio.
Reforzar a la persona: Aquí está la clave del éxito. La fórmula es potenciar todos aquellos factores que hacen a la persona más fuerte (Factores Protectores) y reducir todos aquellos factores que bloquean, limitan o debilitan a la persona (Factores de Riesgo).
Entre todos: Cuantas más personas estén implicadas en la prevención, mas efectiva será. Todos tenemos nuestra parte de responsabilidad y siempre podemos aportar algo más a los jóvenes.
Desde pequeños: ¿Cuándo hay que empezar? -nos preguntan a menudo- La respuesta siempre es la misma: ¡Ya! Sea el momento que sea. Hay que empezar antes de que aparezca la conducta de riesgo, pero si ya ha aparecido, también hay cosas que se pueden hacer, y no se termina nunca.
Vivencial: Cuando probamos nuevas experiencias por nosotros mismos, es cuando las incorporamos como alternativa de respuesta. La teoría nos puede ayudar, pero si tenemos la oportunidad de ensayar estas experiencias en un entorno seguro, como puede ser un taller, generamos estrategias para que el joven pueda enfrentarse a la situación de riesgo con más recursos.
Práctica: Se trata de dar las herramientas a la persona para que cuando las necesite, las pueda utilizar con éxito. Está claro que con la información no basta, no nos podemos quedar solo en el Qué, hay que llegar al Cómo.
Divertida: Para conseguir cambios, nuestra intervención tiene que ser una experiencia positiva para la persona, alejándonos del típico rollo o sermón moralista, siendo diferentes, cercanos, hablando en su lenguaje, ...
Hay una serie de factores individuales, familiares y sociales que aumentan la probabilidad de que aparezcan conductas de riesgo, los llamados Factores de Riesgo. Y otros que disminuyen la posibilidad de desarrollarlas, haciendo a la persona más resistente, los llamados Factores Protectores.
Prevenir, por lo tanto, consiste en disminuir los factores de riesgo y, sobretodo, en potenciar los factores protectores para reforzar a la persona, es decir, hacerla menos vulnerable a las situaciones difíciles con las que se puede encontrar a lo largo de su vida.
Los factores protectores son:
La autonomía se refiere a la capacidad para gestionar la propia vida: ser capaz de tomar las decisiones que tienen que ver con uno mismo, sin depender de otras personas y hacerse responsable de las consecuencias de los propios actos. Es un aprendizaje que se hace progresivamente, y que va relacionado con el proceso de independización de los adultos. En cada nivel evolutivo, el grado de autonomía que hay que asumir será diferente.
La autoestima es el valor personal, la competencia que cada individuo se da. Es la evaluación que la persona realiza de sí misma en conjunto, por lo que tiene en cuenta diferentes aspectos: imagen física, capacidad intelectual, éxito laboral, relaciones sociales, etc.
Para que uno mantenga la estabilidad emocional y personal, es necesario que su autoestima sea positiva y realista. Esto implica aceptar el valor propio, las limitaciones personales, y que el resultado de esta evaluación sea satisfactorio.
La autoestima se establece básicamente por comparación mediante criterios externos e internos. Las experiencias vividas a lo largo de la vida y la valoración que hacemos de ellas, son también un pilar fundamental para la construcción de la autoestima.
La seguridad en uno mismo se basa en la autoconfianza, una buena autoestima y el sentimiento de auto eficacia. Es decir, uno se siente seguro cuando piensa que es capaz de hacer las cosas bien, tiene confianza en sus capacidades, se valora y se quiere.
La capacidad crítica permite valorar las situaciones, analizando sus partes y razonando los pros y los contras. En este sentido, la persona con capacidad crítica no asimila ni acepta pasivamente lo que se le propone, sino que es capaz de poner distancia para analizar las situaciones, valorar los diferentes aspectos y tomar decisiones por sí misma con criterio propio.
La tolerancia a la frustración se refiere a la capacidad para aceptar los fracasos y los propios límites. El hecho de ser persona supone aceptar las condiciones propias del ser humano; esto incluye aceptar cosas que no nos gustan de nosotros mismos y de nuestro entorno, y situaciones en las que no podemos conseguir lo que queremos. Todo ello nos puede provocar sentimientos de frustración y rabia interna, que el individuo debe aprender a aceptar y tolerar.
Aceptar la diversidad y las diferencias supone respetar una serie de valores como pueden ser: que todos tenemos los mismos derechos, la no-discriminación por razones de sexo, etnia, religión o ideas políticas y, al mismo tiempo, que las diferencias entre las personas pueden ser enriquecedoras. Esto quiere decir también que no todos tenemos las mismas preferencias, ni las mismas capacidades y habilidades y, sobretodo, que no las debemos tener.
Adquirir hábitos y actitudes saludables supone que la persona debe desarrollar formas de comportarse y de actuar sanas y adaptativas, que la ayuden a interactuar con su entorno de forma positiva.
También las actitudes que adoptamos delante de la vida pueden hacerla más o menos fácil: una actitud despierta, con predisposición para aprender y conocer cosas nuevas, hará que se vivan las situaciones de forma enriquecedora.
La capacidad de tomar decisiones hace referencia a la habilidad para valorar las situaciones de forma analítica y razonada, lo que nos permite que la persona pueda decidir con seguridad.
La capacidad de resolución de conflictos va relacionada con la capacidad para tomar decisiones. En la medida que la persona sea capaz de evaluar las situaciones importantes de su vida, podrá afrontar con éxito los conflictos que se le planteen. Según el conflicto a resolver, pueden estar implicadas otras habilidades personales y sociales.
Tener sentido de la responsabilidad significa saber aceptar las consecuencias de las propias acciones. Entendemos la responsabilidad en un sentido amplio: ayudando al joven a ser capaz de aceptar sus obligaciones, de tomar decisiones importantes sobre su vida y sin buscar excusas para no afrontar directamente sus problemas.
Las habilidades sociales son un conjunto de estrategias que se van incorporando durante el proceso de aprendizaje y que permiten relacionarse con los otros de forma positiva. Algunas de estas habilidades son: la capacidad para iniciar y mantener una conversación, saber defender los propios criterios, decir que "no" cuando uno lo cree necesario (asertividad), saber pedir favores, saber comunicarse con personas del otro sexo, etc.
Un estilo educativo consistente supone educar con unos límites claros, con coherencia entre las pautas educativas, y las sanciones y premios, para que el joven pueda adquirir un sentido claro de lo que está bien y de lo que no.
La diversificación de intereses implica aprender diferentes formas de divertirse, encontrar actividades que te motiven e interesen. Es recomendable diversificar en lugar de focalizarse sólo en una actividad: si la persona encuentra diferentes vías para realizarse o dar salida a su personalidad, esto le enriquecerá, y contará con un punto más de apoyo.
Disponer de una red social de apoyo y de vínculos emocionales fuertes con instituciones socializadoras es también muy importante. Todos necesitamos sentir que pertenecemos a determinados grupos y tener personas con las que nos sintamos bien, con quien poder hablar y compartir nuestras dificultades y éxitos. Por eso hay que promocionar que el joven establezca vínculos con personas de su entorno (amigos, profesores, compañeros, etc.), así como favorecer su implicación personal con instituciones socializadoras (escuela, centros de esplai, clubes deportivos,).